5/9/13

Una pequeña alegría (merecida)



Aunque habitualmente se me tilda de pesimista y escéptico, tengo para mí que más bien soy un iluso y un optimista irremediable.
Pero ello no obsta para que (probablemente por pereza) habitualmente me tome las cosas con mucha calma.
Y eso es lo que me pasa con el “alegrón” que, a muchos de nosotros, nos ha producido la noticia de la suspensión cautelar del proceso de privatización que el Sr. Consejero ya consideraba irremediablemente “encarrilado”.
Por supuesto yo también me alegro.
Y aunque no estoy muy seguro de que esto suponga “la puntilla” del invento, estoy convencido de que supone una carga de profundidad de consecuencias difíciles de evaluar en estos momentos, pero necesariamente graves.

Y lo digo tanto por el proceso judicial en sí (al que le siguen otra media docena) como, sobre todo, por la bocanada de aire fresco que ha insuflado en una ciudadanía que, aunque era consciente de que lo que estaban haciendo era un saqueo, había ido tirando la toalla (de su fe) según el Sr. Consejero iba completando (y restregándonos por las narices) los trámites de las adjudicaciones.
Hoy mucha gente ha tomado conciencia (quizá por primera vez) de que ¡SÍ, se puede! y volverá a salir a la calle y a apoyar las mareas.
Pero, sobre todo me alegro por todos los que a las puertas de los hospitales y los centros de salud (y dentro de ellos) vienen plantando cara día tras día a costa de su tiempo y, a veces, sus ingresos, o sus expectativas laborales.
A todos ellos mi enhorabuena.
Esperemos hasta ver si se confirma la suspensión y, si es así, descorchemos esa primera botella (que bien nos la hemos ganado) y metamos otra en la nevera, porque el camino será inevitablemente largo.

Saludos