29/10/13

La calma que precede a las tormentas


Hace ya muchos años tuve la ocasión de asistir a una edición (no recuerdo cual) de la Copa del Rey de vela que por aquel entonces patrocinaba el perfumista Antonio Puig.
De entre los muchos y curiosos recuerdos que guardo de aquella fecha (yo era un patán metido entre señoritos que, en general, meaban colonia) conservo muy nítida la explicación que me dio un marinero (de los de verdad) cuando una mañana de sol radiante y viento en calma, mientras nos dirigíamos al “campo de regatas” a bordo de un más que mediano yate, me comentó en privado, para no contradecir a sus señoritos, “antes de dos horas estaremos de vuelta” y, añadió, “lo peor lo van a pasar estos infelices de la golondrina”
“La golondrina” era un barquito, lento, incómodo y destartalado, atiborrado de periodistas del sector náutico, a los que cada mañana temprano les ponían en la  mano una bolsa con comida y les mandaban durante todo el día a cubrir las regatas de la jornada. Salían una hora y media antes que nosotros del puerto y regresaban otro tanto después.     
Cuando le comenté mi extrañeza, me explicó que, según sus previsiones, ese tiempo calmo y soleado iba a durar menos de una hora; que, a continuación empezaría a soplar algo de viento, y que media hora después aquello iba a convertirse en una señora tormenta.
Ahorro al respetable la serie de enseñanzas que recibí y que pude comprobar “in situ” (y bastantes años después).
Tan solo diré que efectivamente a los 40 o 50 minutos aquello empezó a cambiar de cara y “la golondrina” y los regatistas emprendieron la vuelta un tanto apresurados.

Nosotros, en un yate grandecito y con dos motores de muchos cientos de caballos, nos permitimos esperar casi media hora más antes de salir como una flecha rumbo al puerto dejando a los periodistas y los regatistas, que aún andaban a medio camino, zarandeándose y pasándolas bastante mal.
Toda esta digresión, aparte de para presumir de haber viajado en yate (de un rico, muy rico y conocido, cuyo nombre omito) viene a cuento de que desde hace algún tiempo vengo apreciando en mi particular “barómetro socioeconómico” las señales que preceden a una tormenta cuyo alcance me parece temible y cuyo resultado no atino a calibrar.
Con un poco de suerte, quizá sirva para desenrocar al partido gobernante de su cómoda y perniciosa mayoría absoluta.
Pero mucho me temo que, al igual que en aquella ocasión, los pasajeros de “la golondrina” (entre los que hoy me incluyo) las vamos a pasar moradas.
Son varios los avisos por parte de señores poco sospechosos de veleidades izquierdistas o colectivizadoras que, a estas alturas, están gravemente preocupados por el horizonte que se avecina.
Y, mientras, el gobierno y los presidentes de grandes bancos en apuros se dedican a vocear la llegada de dinero “a espuertas” y el “fin de la recesión”, jaleados por una serie de periódicos que más que órganos de información actúan como agencias de comunicación de quien les paga (o les aplaza la quiebra).
Pongo tan sólo un par de ejemplos:
Es señor Matthew Lynn es, por lo visto, director ejecutivo de la consultora londinense Strategy Economics y ya ha anticipado en otras ocasiones previsiones que terminaron convirtiéndose en realidades.
El otro es un viejo conocido en nuestro país, bastante gruñón y tajante.
Neoliberal de pura cepa, un tanto maniqueo y exagerado.
Pero a la vez persona con bastante conocimiento (es catedrático de economía) y poco proclive a la fantasía y la “economía creativa”
Aunque lo cierto es que el Sr. Centeno, además de enemigo declarado de la izquierda, tampoco ha dejado nunca de poner a caer de un burro al actual gobierno, sorprende la similitud de su análisis con la de otros muchos profesionales (de derechas y de izquierdas) que cada día que pasa ven el desastre más cerca.
Ahí queda para los aficionados al “turismo de catástrofes” (que muy probablemente podremos contemplar incluso aquellos a quienes no nos gustaría)      

Saludos.