Que
yo recuerde, nunca (hasta ahora) había tenido la ocurrencia de ponerme a
perorar en el día del aniversario de la Constitución Española.
Hoy
lo hago porque tengo la sensación de que, a estas alturas, una buena parte de la ciudadanía
hemos asumido que aquello que en su día celebramos como el inicio de un “nuevo
tiempo” ha quedado con el paso de los años como un simple tránsito, y (al día
de hoy) estamos “entre puertas”; terminando de salir (con más pena que gloria)
de nuestro pasado y sin haber abierto aún la puerta al futuro.
Para
quienes compartan este sentimiento (o entendimiento), sugeriría que no nos
desgastemos en buscar (o señalar) a los culpables de la pérdida de estos 35
años.
Culpables
hubo algunos muy notorios; pero sobre todo, culpables fuimos nosotros.
No
tanto por nuestro miedo, o nuestra ingenuidad, como por nuestra desidia,
individualismo, sectarismo y falta de agallas para llamar a las cosas por su
nombre y poner firmes a “los nuestros” cuando, por acción u omisión (que de
todo ha habido), traicionaron la ilusión y la confianza que depositamos en sus
manos.
No
es cosa de lamentarse.
La
constitución es un pergamino acartonado y quebradizo que a duras penas puede amparar
y ocultar la miseria moral en que se ha convertido la vida política (y social)
de este país.
Para
mí la Constitución ha muerto y, de común acuerdo, debiéramos oficiarle entre
todos unas exequias dignas.
