La verdad es
que no puede decirse que la cosa fuera para “echar cohetes”.
Ni
desbordamos la puerta del Sol, ni tampoco (supongo) desbordamos la capacidad de
los frigoríficos en los que se almacena la sangre extraída a los donantes.
Sin embargo,
mi personal impresión es que, pese a ello, conseguimos nuestro propósito, que
era el de llamar la atención del “ciudadano de a pie”.
“Ciudadano”
que, en su inmensa mayoría, desconoce los teje-manejes que nuestros gobernantes
se traen entre manos mercadeando, en provecho de las empresas (que luego les
terminan agradeciendo “los servicios prestados”) con nuestros derechos básicos
y malvendiendo, o comprometiendo, los bienes y organismos públicos que hasta
hoy los han venido garantizando.
“Ciudadano”
que no sólo desconoce dichos teje-manejes, sino que -cosa más grave aún- en
muchos casos le importan muy poco, porque piensa que “a él” no le afectan.
No obstante
he sido testigo de la receptividad de la gran mayoría de los transeúntes que se
acercaron al autobús y que, una vez informados del motivo de nuestra presencia,
manifestaban su rechazo a la privatización, a la vez que su sorpresa porque una
institución tan venerada y respetada en el imaginario colectivo como es Cruz
Roja, anduviera “metida en negocios”.
Tuvimos también
algún que otro “discrepante a grandes voces”