Ayer
(y hoy, también), me he visto sorprendido por las loas que una serie de
personas, generalmente razonables y con independencia de criterio, me hacían en
relación con un artículo que un señor llamado D. César Molinas publicaba ayer
en el diario El País bajo el título “Una teoría de la clase política española”
(César Molinas, El País, 9-IX-2012)
Todas
estas personas parecían haber descubierto repentinamente el bálsamo de fierabrás
del análisis de la situación política.
Pienso
que, simplemente, porque el autor había acuñado la feliz expresión “élite
extractiva” para definir a una casta política que ha degenerado en mera
cuidadora de sus propios pesebres.
Tras
leérmelo (un par de veces) me quedó desde el principio un regusto como a “mercancía
algo averiada”, sobre todo en lo relativo al desenfado con el que igualaba en
golfería y parasitismo a tirios y troyanos, jaleaba las teorías de la “destrucción
creativa” y abogaba por una confusa reforma electoral que no me terminaba de
quedar ni medianamente clara.
En
estas meditaciones andaba (un tanto perplejo y sin atreverme a entrar al trapo)
cuando hete aquí que he tropezado con un texto titulado “Desmontando a César Molinas y su “teoría
de la clase política española” (Javier Parra,
LaRepública.es, 10-IX-2012)
Resulta
que el susodicho Javier Parra es concejal de un municipio valenciano y no
parece estar muy de acuerdo con que le metan en el mismo saco que, pongamos por
ejemplo, a D. José Ignacio Echániz Salgado (Consejero de Sanidad de Castilla-La
Mancha)
Le
comprendo perfectamente.
Y,
además, tras leerme su artículo, tengo que decir que estoy totalmente de
acuerdo con su contenido.
Le
agradezco que me preste los argumentos que mi intuición barruntaba, pero mi
cabeza no atinaba a explicitar.
Ahí
queda para quién tenga el gusto de hacer la "comparativa".
Saludos.

