Lo
digo, porque estoy convencido de que, más de uno, tras ver el motivo de la “homilía”
va a pensar que efectivamente, al igual que le ocurrió el hidalgo manchego al que
“se le pasaban las noches leyendo
de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del
mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio”, yo también
voy perdiendo el escaso juicio que algunos benevolentes amigos aún me
atribuyen.
Solo
que, en mi caso, más que “del mucho leer” habrá sido del excesivo “escribir”
En
todo caso lo cuento porque, aunque contradictorio con mis convicciones laicas,
me parece un asunto digno de ser tenido en cuenta.
Debo
aclarar que, en los tiempos de Maricastaña, conocí a una persona decente y
luchadora por la justicia social que además era “cura”, y de quien aprendí
bastantes cosas y entre ellas el no tener miedo a “la verdad”, ni tampoco “al
poder”.
Durante
muchos años perdí su pista; y hoy, desde hace unos cuantos, se ha convertido en
un viejo amigo. Viejo, porque ya lo es (87años) y porque, también, lo es nuestra
amistad (47 años más o menos).
Bueno,
pues al grano; este buen hombre me mandó hace unos días un correo cuyo
contenido, mirado desde la “distancia” de un laico y sin desconocer que es simplemente parte de una guerra de facciones entre cristianos,
aporta algunos elementos que pudieran resultar ilustrativos de una de las
muchas batallas por el poder que en este momento se libran en el mundo.
Y,
aunque en principio podríamos decir aquello de “allá se maten entre ellos”, no
debemos menospreciar la influencia que (“para bien”, escasas veces y “para mal”
en la mayoría) tienen estas trifulcas internas de las religiones cuya metralla termina
salpicándonos a todos.
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